Balam Rodrigo

(Villa de Comaltitlán, Chiapas, 11 de octubre de 1974). Poeta y narrador. Licenciado en Biología por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Estudió la Maestría en Ciencias Biológicas y un diplomado en Teología Pastoral. Se ha desempeñado como docente en instituciones del sector salud en materia de bioética, religiones y tradiciones de la muerte en México. Ha coordinado talleres de lectura y creación de poesía en varias entidades del país. Colaborador de diversas publicaciones con artículos de divulgación científica, crónica, cuento, ensayo y poesía.   Cuenta con una amplia trayectoria y un sinnúmero de referencias hacia su obra, además de ser igualmente ganador de varios premios de poesía y nombramientos como el de Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en el periodo 2013-2016. Parte de su obra ha sido traducida al francés, inglés, polaco, portugués y zapoteco.

Sermón del migrante (bajo una ceiba)

Declaro: Que mi amor a Centroamérica muere conmigo.
Francisco Morazán (Testamento)

Y Dios también estaba en exilio, migrando sin término;
viajaba montado en La Bestia y no había sufrido crucifixión
sino mutilación de piernas, brazos, mudo y cenizo todo Él
mientras caía en cruz desde lo alto de los cielos,
arrojado por los malandros desde las negras nubes del tren,
desde góndolas y vagones laberínticos, sin fin;
y vi claro como sus costillas eran atravesadas
por la lanza circular de los coyotes, por la culata de los policías,
por la bayoneta de los militares, por la lengua en extorsión
de los narcos, y era su sufrimiento tan grande
como el de todos los migrantes juntos, es decir,
el dolor de cualquiera; antes, mientras estaba Él en Centroamérica,
esa pequeña Belén hundida en la esquina rota del mundo,
nos decía en su sermón del domingo, mientras bautizaba
a los desterrados, a los expatriados, a los sin tierra,
a los pobres, en las aguas del agonizante río Lempa:
“el que quiera seguirme a Estados Unidos,
que deje a su familia y abandone las maras, la violencia,
el hambre, la miseria, que olvide a los infames
caciques y oligarcas de Centroamérica, y sígame”;
y aún mientras caía, antes aún de las mutilaciones,
antes de que lo llevaran al forense hecho pedazos
para ser enterrado en una fosa común como a cualquier otro
centroamericano, como a los cientos de migrantes
que cada año mueren asesinados en México,
mientras caía con los brazos y las piernas en forma de cruz,
antes de llegar al suelo, a las vías, antes de cortar Su carne
las cuadrigas de acero y los caballos de óxido de La Bestia,
antes de que Su bendita sangre tiñera las varias coronas de espinas
que ruedan sobre los rieles clavados con huesos
a la espalda del Imperio Mexica, el Señor recordó en visiones
a su discípulo Francisco Morazán y le dio un beso en la mejilla,
y tomó un puñado de tierra centroamericana y ungió con ella
su corazón y su lengua, y recordó que Morazán le preguntó una vez,
mientras yacían bajo la sombra de una ceiba,
aquella en la que había hecho el milagro de multiplicar el aguardiente
y las tortillas: “¿Maestro, qué debemos hacer si nos detienen
y nos deportan?” a lo que Él respondió: “deben migrar setenta
veces siete, y si ellos les piden los dólares y los vuelven a deportar,
denles todo, la capa, la mochila, la botella de agua, los zapatos,
y sacudan el polvo de sus pies, y vuelvan a migrar nuevamente
de Centroamérica y de México, sin voltear a ver más nunca, atrás…”.